Un paso hacia atrás en el tiempo.

Humphrey Bogart

♣ Casablanca ♣

(más…)


♥ ♣ ֱֲֵֶֻChris Consani y los 4 Iconos de Cine Norteamericano ֱֲֵֶֻ♣ ♥

Éste es mi primer video…es muy normalito, pero bueno…por algo se empieza 🙂


Hace ya tiempo, intentando recopilar imágenes sobre Elvis Presley, me encontré por casualidad, con estás bellísimas ilustraciones que en cuanto las ví, acaparáron mi atención. Me quedé fascinada con estas escenas tan… (más…)


♥ ♣ ֱֲֵֶֻSabes silbar, ¿verdad, Steve? ֱֲֵֶֻ♣ ♥

(más…)


♥ ♣ ֱֲֵֶֻEl Sueño Eterno ֱֲֵֶֻ♣ ♥

Entonces soltó una risita, secretamente divertida. Volvió el cuerpo, lenta y blandamente, sin levantar los pies. Sus manos estaban caidas en los costados. Se inclinó hacia mí sobre sus pies. Cayó en mis brazos. Tuve que cogerla o dejar que se estrellase sobre el suelo teselado. La sostuve por las axilas y, como un muñeco desarticulado, cayó sobre mí.

Nos quedamos mirándonos. Carmen intentó mantener en su rostro una linda sonrisa, pero estaba demasiado cansada para molestarse, y la sonrisa se borraba de su rostro como el agua desaparece en la arena. Su pálida piel tenía un aspecto granuloso bajo la rígida y estúpida expresión de los ojos. Una lengua blancuzca acariciaba las comisuras de sus labios. Una muchacha bonita y mimada, no demasiado lista, que había tomado muy mal camino y nadie hacía nada para impedirlo. ¡Al diablo los ricos! No los puedo aguantar. Lié un cigarrillo, empujé algunos libros y me senté en un extremo del escritorio. Encendí el cigarrillo, di una chupada y miré en silencio durante un momento la operación de morderse el pulgar. Carmen estaba frente a mí como una muchacha traviesa en el despacho del jefe.

Ladeé la cabeza y sonreí. Se ruborizó. Sus ardientes ojos negros echaron chispas.—No veo que haya motivos para andar con tapujos —saltó—, y no me gustan sus modales.—Los suyos tampoco me entusiasman demasiado —dije—. Yo no deseaba venir aquí; usted me llamó. Me tiene sin cuidado que se haga la elegante delante de mí o que desayune con whisky. Tampoco me importa que enseñe las piernas. Son piernas preciosas y da gusto contemplarlas. Me importa un bledo que no le gusten mis modales. Son bastante detestables y lo lamento durante las largas veladas de invierno. Pero no intente sonsacarme nada.Dejó la copa violentamente, y el contenido se derramó sobre un cojín color marfil. Se puso en pie de un salto y quedó echando chispas, con las aletas de la nariz dilatadas. A través de la boca abierta, sus brillantes dientes resplandecían. Sus nudillos estaban blancos. —No estoy acostumbrada a que me hablen así —dijo con voz ronca. No me moví y le sonreí con ironía. Muy lentamente, la señora Regan cerró la boca y miró hacia el licor derramado. Se sentó en el borde de la chaise longue y apoyó la barbilla en la palma de su mano. —¡Dios mío! Grandísimo y bello bruto. Debería atropellarle con mi Buick. 

La habitación era demasiado amplia; el techo demasiado alto, las puertas demasiado altas y la blanca alfombra, que llegaba de una pared a otra, tenía el aspecto de una nevada en el lago Arrowhead. Había, por todas partes, grandes espejos y cachivaches de cristal. Los muebles, de color marfil, estaban adornados con cromo y los pliegues de las cortinas, también color marfil, caían sobre la blanca alfombra a medio metro de las ventanas. El blanco hacía que el marfil pareciese sucio, y el marfil hacía parecer al blanco desvaído. Las ventanas daban a las oscuras colinas. Iba a llover y la atmósfera estaba pesada. Me senté en el borde de una mullida silla y miré a la señora Regan. Valía la pena mirarla. Era dinamita. Se hallaba echada, descalza, en una chaise longue moderna, lo que me permitía contemplar sus piernas envueltas en medias transparentes. Estaban allí para ser contempladas, eran visibles hasta la rodilla, y una de ellas, hasta bastante más arriba. Las rodillas no eran huesudas y tenían hoyuelos. Las pantorrillas, magníficas, y los tobillos, largos y esbeltos, de línea capaz de inspirar una poesía. La señora Regan era alta, llena y parecía muy fuerte. Su cabeza reposaba en un cojín de raso color marfil. Su pelo era negro y liso, peinado con raya al medio. Tenía los ardientes ojos negros del retrato del vestíbulo. La boca era carnosa y en aquel momento estaba fruncida con gesto arisco. Sujetaba en la mano una copa, de la que bebió un sorbo antes de dirigirme una mirada fría por encima del borde.

Pequeños fragmentos del libro

“El Sueño Eterno” de Raymond Chandler (1939)


A continuación os dejo con otras escenas de la película, que se rodó años más tarde en 1946 por Howard Hawks.

Para verlas en grande, pincha sobre la imagen.